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Política y #reputación: de cuentacuentos a creadores de pequeñas grandes historias

La desconfianza es seguramente el rasgo característico de nuestro tiempo. En un momento de incertidumbre, de cambio de paradigma y de nueva era, el viejo mundo no acaba de morir pero el nuevo no acaba de imponerse. Los ciudadanos no alcanzan a comprender los golpes del destino , y el “progreso” como bien nos explica Zigmunt Baumen en su libro “Tiempos líquidos”, ha dejado de ser una estación de destino para constituirse en un lugar que genera incertidumbre, en el que como el juego de las sillas, cualquier momento de distracción puede constituir una derrota irreversible y una exclusión inapelable:

El destino, en otro tiempo la manifestación más extrema del optimismo radical y promesa de una felicidad universalmente compartida y duradera, se ha desplazado hacia el lado opuesto, hacia el polo de expectativas distópicas y fatalistas. Ahora el progreso representa la amenaza de un cambio implacable e inexorable que, lejos de augurar paz y descanso, presagia una crisis y tensión continuas que imposibilitan cualquier momento de respiro.

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La incertidumbre, y sobretodo el miedo, constituyen probablemente el más temible de los demonios de nuestras sociedades de hoy. Eso hace que sea necesario más que nunca una nueva narrativa y una nueva ética basada en el compromiso y la transparencia que se haga cargo del estado de ánimo de la gente. Tradicionalmente la política, era uno de los entornos en los que se solía ofrecer un relato del mundo actual y se proyectaban anhelos, propuestas y proyectos para conformar mayorías sociales que permitieran gobernar la complejidad. Hoy, las fórmulas tradicionales han quedado obsoletas, y necesitamos una nueva hoja de ruta para construir colectivamente un nuevo relato con nuevas coherencias para un mundo cambiante y desconocido.

Se solía proclamar que “la política es comunicación”, pero en realidad es mucho más que comunicación. La política emana de las ideas y los valores, que se acreditan después con acciones, y no con meros gestos, declaraciones y fotos basados en rituales del siglo pasado que han quedado obsoletos. La mala reputación de la política de hoy, pone a prueba su capacidad para regenerarse, renovar ideas y prácticas, para volver a ilusionar y ofrecer horizontes de esperanza individuales y colectivos. Hasta ahora ha demostrado ser poco emprendedora, y sigue funcionando con rituales y formas del siglo pasado que poco tienen que ver con la sociedad de hoy. Hace falta así, reconstruir el relato de la vocación pública y el interés general, y demostrar que la confrontación de ideas es compatible con la mediación y la síntesis para construir liderazgos y proyectos colectivos inclusivos.

La política tiene que desandar parte del camino transitado en los últimos años, en el que ha invertido principalmente en márketing político. Los políticos tienen que revisitar los principios básicos, algo así como un “back to basics”, pero no una vuelta a un pasado que no volverá. Tienen que innovar y ofrecer respuestas nuevas para reconectar con los ciudadanos. Y para ello, necesitamos un cambio de ideas, de discurso, de actitudes y de aptitudes, acompañado de una nueva forma de comunicar. Gobernar y dirigir hoy las sociedades complejas, depende más del arte de generar, alimentar y consolidar grandes coaliciones, que de buscar nuevos mesías que dirijan nuestras instituciones y organizaciones.

Pero ya se sabe, lo bueno es enemigo de lo mejor. Hoy ya no hay mayorías absolutas posibles para gobernar, por lo que hay que construir consensos renunciando a veces a algunos de nuestros anhelos y objetivos. Volver al principio del interés general, preservando la cohesión social, puede ser un buen punto de partida, y para ello hace falta articular un relato comprensible, movilizador e integrador.

La política, bien podría aprender de la otros sectores sociales o económicos. Los asesores en comunicación corporativa, hace tiempo que creemos que las compañías deben reorientar sus estrategias y prácticas para orientarlas hacia los intereses de su entorno y de la comunidad. Hoy es necesario obtener eso que venimos a llamar la “licencia social para operar”, esto es, la confianza de los ciudadanos para convertirnos en organizaciones de referencia para ellos. Algo que se construye primero con el relato –storytelling-, y luego con los hechos –storydoing-.

Si lo hace el mundo de la empresa, ¿porqué no lo puede hacer la política?. El reto primero y principal consiste hoy en recuperar precisamente la licencia social para volver a ser un referente creíble. Pero quizás uno de los problemas es que sus líderes, creen más en la estética que en la ética, y sin convicciones profundas no hay posibilidad de convertir las ideas en acciones, y por lo tanto en estrategias de comunicación sólidas y coherentes para ganar autoridad y credibilidad.

Storytelling

Foto: https://www.khoslaventures.com/the-unbreakable-laws-of-storytelling

Si la política no gana la batalla de la comunicación, está condenada a la crisis permanente, a la anemia ideológica y moral, y a reclutar mediocres en vez de captar el mejor talento de nuestra sociedad. Hace falta ir mucho más allá de las palabras o discursos que únicamente“suenen bonitos” como dicen nuestros hermanos mexicanos. Hay que construir reputación, que es el imán que atrae el mejor talento en las organizaciones, ya sean políticas o no. Si la política no recupera credibilidad y reputación, difícilmente seducirá a los mejores para comprometerse con la vocación pública y un proyecto colectivo de país, y eso pasa por reconectar destino y voluntades a través de la construcción de un nuevo relato, a través de la comunicación política de calidad..

Necesitamos un nuevo storytelling de la política. Un nuevo discurso, un nuevo enmarcado, que ofrezca un horizonte que genere ilusión y adhesión. Un relato que recupere “el alma” de la política y el placer de escuchar el discurso y la palabra, que es la base de la comunicación política. La política tiene que replantearse muchas de las verdades con las que ha estado trabajando hasta ahora, y aprender de las empresas a hacer reingeniería de procesos que le permitan crear un relato bien estructurado y mostrar coherencia en sus actos.

La política debe jugar con los recursos de la emoción para construir nuevas pequeñas grandes historias. Nuevos relatos para la construcción de nuevas coherencias, proyectando un propósito creíble que genere sentido de pertenencia, confianza y de Comunidad. Es decir, hay que generar una nueva cultura política en positivo, que genere emociones y estados mentales que permitan conectar y movilizar a los ciudadanos. Las audiencias, que ahora llamamos territorios y comunidades de conversación, ya sean en el mercado de las empresas o en el mercado de la política, no dejan de estar influidos por estados de ánimo, que tienen una íntima relación con los comportamientos.

Los humanos, desde los tiempos remotos, siempre hemos necesitado contar y escuchar historias para comprender el mundo y unirnos entorno a una causa. Y las mejores historias, son las que ganan.

 

 

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