¿El principio del fin de la gobernanza democrática liberal?

La victoria del candidato ultra-derechista y xenófobo Jair Bolsonaro en Brasil, viene a demostrar lo que algunos llevamos advirtiendo desde hace años: los ciudadanos están en cólera y las instituciones y las élites políticas y económicas poco, o muy poco han hecho para empatizar con los problemas de la gente. Hoy ya podemos afirmar lo que temíamos y no queríamos ver, el principio del fin de un mundo gobernado e influido por los valores (no sin contradicciones) de las democracias liberales.
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Asistimos al auge de lo que César Calderón define como “la emergencia del nacional-populismo“. Tras los gobiernos de Orban en Hungría, Duterte en Filipinas, Trump en los EEUU, el Gobierno xenófobo italiano liderado por La liga Norte y Salvini, el auge de la extrema en decenas de países europeos y de los movimientos evangelistas en América Latina, muestran la rebelión contra las tradicionales élites políticas. “Las élites están sitiadas”, como bien proclama el editor de la New York Review of Books Ian Buruma, haciendo patente la impotencia de los antaño poderosos líderes políticos para diseñar nuevas coherencias y soluciones a los problemas de nuestras sociedades. Los ciudadanos han perdido la paciencia y les han retirado la confianza, algo que pone de manifiesto el fracaso de la política y los Partidos tradicionales. Es la manifestación más clara del “fin del poder” tal y como lo hemos conocido en las últimas décadas como bien escribía Moisés Naim en su libro de 2013[1],
Me parece acertada la radiografía que hace César Calderón de cómo hemos llegado a esta situación: “mientras que Bolsonaro y esta incipiente internacional nacionalpopulista apelan en sus discursos al conjunto de la sociedad a la que buscan representar con mensajes emocionales y agregadores, en el otro lado se segmentan los mensajes tratando de forma confusa y atropellada de saciar las supuestas reivindicaciones identitarias de segmentos sociales minoritarios y volátiles, alejándoles de sus clásicos votantes tradicionales “mainstream“. Mientras los populismos cabalgaban en relatos altamente emocionales, las élites tradicionales y sus Partidos e Instituciones intentaban sobrevivir al naufragio en un pim, pam, pum de todos contra todos.
En el caso de Brasil, además del distanciamiento de las élites con los sectores sociales que hace una década apoyaban al Partido de los Trabajadores de Lula, emerge una realidad regional poco investigada y comentada, el fenómeno de la expansión los grupos religiosos y en particular de las iglesias evangelistas y su influencia en la política de América Latina. Apenas hace pocos meses en Costa Rica, el hoy Presidente Carlos Alvarado se impuso en segunda vuelta al predicador evangélico Fabricio Alvarado, quien aparecía en las encuestas en un empate técnico. Esta nueva realidad crece en la región, y se alimenta de nuevas formas de producción, circulación y consumo de información principalmente en las redes sociales. Estos mensajes y discursos, basados en medias verdades y discursos simplistas, moldean poco a poco la frustración que transforman en odio principalmente de las clases medias empobrecidas y las clases trabajadoras tradicionales que ven hundirse ante sus pies sus relatos vitales.
Algunos siguen lamiéndose las heridas y echando la culpa a unos ciudadanos “tontos” que se echan en brazos de nuevos profetas que les prometen la vuelta a unos gloriosos viejos tiempos que no volverán. Pero en realidad hace tiempo que las señales llegaban de forma nítida y no fueron atendidas, en una versión actualizada de “Crónica de una muerte anunciada” de las democracias liberales. Pero más allá de la inoperancia de las élites, el peligro de estos nuevos nacional-populismos es real. Basan su discurso en valores profundamente reaccionarios, con un discurso del odio y xenófobo contra aquellos que consideran los enemigos del sistema. Utilizan para ello un discurso altamente emocional, que lleva implícito una violencia de baja intensidad contra ciertos grupos sociales que va sembrando la semilla de la crispación que bien puede germinar en violencia, como hemos visto a lo largo de la historia del siglo XX.
El gran reto es reconstruir el relato de unas democracias e instituciones democráticas desacreditadas, esto es, reconstruir el cordón umbilical de la política con la sociedad, haciéndose cargo del estado emocional de la gente y proponer nuevas acciones audaces y creíbles. Se suele decir que la política es comunicación, pero es mucho más que eso. Las ideas se acreditan con acciones y hoy necesitamos una nueva ejemplaridad pública que pueda reconstruir la confianza en las instituciones democráticas.
Ya no hay tiempo para las confrontaciones fraticidas entre los Partidos democráticos mientras emergen movimientos y líderes que utilizan el sistema para destruirlo. Es tiempo de innovación, mediación y síntesis para mantener vivo un sistema de valores  que se ha demostrado muy imperfecto, pero es el menos malo y el que nos ha permitido vivir en un mundo sin confrontaciones y guerras. ¿Estaremos a la altura?, queda poco tiempo.
[1] El fin del poder. Editorial Debate. Año 2013.
 

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